Capítulo 2 – La vita di Sophia

Capítulo 2 – La vita di Sophia

Irracionalidad subjetiva

 

Sirviéndose de su objetivo se divertía a captar los más pequeños defectos físicos de cada uno y, en un segundo momento, trabajando con meticulosa paciencia, conseguía la manera de transformar las imperfecciones de la gente en pura belleza.

Sophia era capaz de pasar días enteros en los parques de la ciudad o en alguna calle especialmente animada fijándose en los movimientos, en el porte y en los rasgos fisionómicos de la gente y tras haber examinado cada fotografía hecha, dejaba a su imaginación y manualidad el cargo de exaltar positivamente todo lo que había observado.

El día en el que Rubén la vio, Sophia estaba fotografiando las piernas (un pelín torcidas) de una chica muy agraciada y, después de haberle preguntado porqué lo hacía, ella le contestó alegremente que esas piernas tan visiblemente imperfectas estimulaban su fantasía y las ganas de crear algo que fuera sólo para esa mujer.

Sosteniendo haber tenido un golpe de creatividad y sin darle a Rubén más explicaciones, Sophia se esfumó con una rapidez impresionante, dejándolo solo en una extraña luz naranja que poco a poco iba desapareciendo.

Sophia tenía su peculiar forma de ver el mundo de la moda y él del arte, sobretodo porqué pasaba de la superficialidad que la gente suele asociar a ese ambiente. A sus ojos la elegancia no se podía traducir ni sintetizar en estrategias, tendencias y lógicas de mercado; para ella, tenía que ser un canal a través del cual hombres y mujeres pudieran expresarse libremente. Por tanto había inventado ese mecanismo, que le permitía deslizar su fantasía alimentando continuamente la creatividad intrínseca en su ser que se moría por salir a la luz del sol.

Inicialmente, extasiado por aquellas ideas brillantes e innovadoras, Rubén pensó en exhortarla a realizar pequeñas exposiciones de esos trabajos tan personales pero se dio cuenta muy pronto de que tendría que excavar más a fondo para encontrar todo lo que Sofia estaba dispuesta a mostrar a los demás.

Tuvo que aceptar que se perdiera totalmente en su universo cuando empezaba a crear, además de tomar conciencia del hecho de que, en su vida, Sophia nunca había imaginado poder compartir con alguien su singular pasión. Era como si, en el momento en el que ella decidía reservarse tiempo para dedicarse a lo que amaba, cortaba automáticamente cada conexión con el mundo a su alrededor, como si lo que hacía, fuera ficción pura y incompatible con su realidad cotidiana.

El mismo hecho de que utilizara una cámara de fotos para entrar en contacto con los demás, era una señal más que evidente de lo difícil que era para Sophia crear un puente entre su creatividad y la vida real. Habían muy pocas cosas en su vida de las que estuviera segura y una de esas era la conciencia de que no lo podía compartir todo con las personas de su entorno.

Parece una paradoja, porqué hablando con ella parecía la chica más solar y abierta del mundo pero, pensándolo más a fondo, la empatía, la humanidad y el calor que Sophia le reservaba a los seres humanos no eran más que otro instrumento para evitar que otros entraran en esos rincones de su alma que no estaba dispuesta a mostrar bajo ningún concepto. Rubén supo aceptarlo todo con mucha paciencia, puede que por su edad o porqué presentía que ese cierre necesitaba sus tiempos. Y tenía razón. A veces bastaría con que fuéramos más comprensivos, pero muy a menudo (como he podido darme cuenta en los años pasados a contacto con distintos tipos de gente) la espera no es algo que todos estemos dispuestos a conceder.

El cierre de Sophia no era algo que se pudiera entender solo por sus silencios, había que acercarse mucho a ella para darse cuenta. Había una miríada de otros pequeños mecanismo que dejaban entender que había decidido construir un muro entre ella y el mundo (por ejemplo bastaba con hacerle un cumplido para que se cerrara como un erizo en un instante).

Nunca le había gustado su físico. En cada fase de su crecimiento había encontrado defectos más o menos significativos detrás de los cuales podía esconderse. Hasta los diecisiete había sido la más pequeña de la clase, la más bajita de su grupo de amigas, con un pecho insignificante y las caderas totalmente privas de forma. Cuando estaba en compañía de amigos o rodeada de desconocidos se sentía tan diminuta que se preguntaba si los demás se dieran cuenta de su presencia, sin darse ella cuenta de que, nada más encontrar la valentía de abrir la boca, atraía a los demás como un imán.

Una de sus características más atrayentes era que se expresaba con una propiedad lingüística tan desarrollada y controlada que a veces la gente pensaba que estuviera hablando un anciano, sin considerar el hecho que acompañaba cada expresión verbal con unos movimientos tan dulces y sensuales capaces de hacerle perder a cualquiera la cognición del espacio! Ella obviamente no se daba cuenta de todo eso.

Es increíble como las percepciones personales de cada uno puedan distorsionar tanto la realidad, al punto que no nos demos cuenta de cosas tan evidentes. Mientras Sophia hablaba con otras personas, estaba tan concentrada especulando sobre lo que podían estar pensando de ella que no se daba ni cuenta de que con su labia podía implicar a cualquiera. Durante los años de la adolescencia su relación con el universo masculino no había sido muy buena. Está claro que durante la pubertad un chico se siente más atraído por las formas de una mujer que por su fantasía y la intensidad de sus sueños, y desde luego no ayudaba que Sophia intentara camuflar su carácter para conformarse con la mayoría de las chicas de su edad (con escasos resultados por cierto).

En el momento en el que su cuerpo empezó por fin a dar señales de cambio, le resultó muy difícil aceptar con facilidad una transformación tan repentina y radical. Se sentía continuamente incomoda y fuera de lugar intentando aprender a llevar con naturaleza las formas que no reconocía como suyas. Es decir, de año en año y sin importar la etapa por la que estuviera pasando, conseguía siempre un pretexto para poder esconderse libremente en su mundo interior. Al parecer, Rubén podía acercarse a Sophia con la misma paciencia y el mismo amor de un padre a pesar de que el no había tenido hijos, por el simple hecho de que no había encontrado una persona tan paciente como para secundar sus tiempos, sus cambios de humor y sus silencios. Sobretodo sus silencios.

Por lo tanto, Rubén entendía perfectamente las dificultades que tenía ella en exponerse ante un extraño como si fuera una revista o un libro que se puede abrir y leer con tranquilidad. Una de las cosas más bonitas de sus amistad (y era tan claro que lo veían hasta los extraños) era que ninguno de los dos le presionaba al otro a la hora de contarse pensamientos e intimidades. Cada uno lo hacía a su manera, con el tiempo y las modalidades que prefería. Poco a poco, y sobretodo con evidente naturaleza y espontaneidad, Sophia empezó a abrirse exteriorizando por primera vez la miríada de percepciones y emociones que había madurado dentro de sí cuando era pequeña. Su mundo estaba lleno de sueños que no creía poder realizar nunca y que mantenía encerrados como si no fueran nada más que un lugar feliz en el que encerrarse de vez en cuando. Lo había construido creyendo que cada persona fuera tan única en su individualidad, da no poder transmitir a nadie más su propia perspectiva (tengo que admitir que esa visión también la he utilizado muchas veces para sintetizar las relaciones humanas). De todas formas, si había algo que fallaba en su razonamiento, era que nunca lo había puesto a prueba! O sea, era consciente de la dificultad intrínseca de la comunicación, pero nunca se había imaginado poder exteriorizar el hecho de querer empezar a viajar solo por la curiosidad de descubrir si al otro lado de la tierra la gente vestía con los mismos colores, si se saludaban a la misma manera o si se perdían en futilidades inconcebibles como pasaba en su parte

de mundo. Pensaba que sus ideas eran tan peculiares, que ella misma no era capaz de ver sus lado mejor y más tierno.

Era como si se avergonzara (puede que porqué creía que podía parecerle ingrata a los ojos de los que estaban a su lado en ese momento) de tener la inquietud de descubrir hasta que punto hubiera sido capaz de vivir sola, de encontrar y conocer autónomamente personas merecedoras de ser amadas y recordar. Sin tener necesariamente a su lado una cara conocida. Aunque no se lo creía mucho.

En primer lugar, como podría un perfecto extraño entender sus sueños? Y sobretodo porqué tendría que hacerlo? A quien le hubiera importado saber que desde hace años se imaginaba en un pequeño pied a terre parisino haciendo lo que amaba? estudiando moda o pasando una entera tarde intentando cocinar el cordero a baja temperatura (una receta deliciosa que le había dado Guillermo, un amigo que se había convertido en un chef de fama internacional y había dejado Valencia hace mucho tiempo) o tumbada inmueble en una alfombra de su apartamento escuchando en silencio una vieja canción fumándose un cigarro. Rubén, obviamente, no tenía respuestas concretas a sus preguntas, pero su sensibilidad le permitió transmitirle una gran confianza en si misma y en las personas que según ella no podían entenderla de verdad.

Era septiembre y estaba refrescando. Sophia andaba por las calles de Valencia con su madre, una mujer muy fuerte pero excesivamente protectora con ella, puede porqué no pudo tener más hijos, a pesar de que lo hubiera intentado.

Sophia le estaba contando de una relación que había tenido durante el verano; una relación nacida y terminada en pocos meses y que, confesó, la había decepcionado.

La decepción no se debía al hecho de que esta se terminara si no a los motivos que habían llevado a su fin. Como le había aconsejado Rubén algunos meses antes, Sophia había manifestado su deseo de partir y quedarse unos meses en el extranjero para estudiar y madurar sus pasiones. La persona que en ese momento hubiera tenido que escuchar sus razones, apoyarla y darle fuerza le había dicho, sin muchas vueltas, que no estaba dispuesta a afrontar los inconvenientes de la distancia.

Inicialmente Sophia pensó en renunciar a su proyecto, olvidándose por un momento de la fuerza que Rubén le había transmitido cuando, hablándole con dulzura, le decía que creyera en su instinto dejando de lado la gente que no podía comprenderlo ni aceptarlo.

En parte y en una medida menor, su madre tampoco podía aceptar el hecho de que su hija pudiera realmente alejarse por un tiempo indeterminado. Sin embargo, en la falta de comprensión de los demás, Sophia empezaba ya a no ver un límite, sino un estimulo para buscar en otro lado la libertad de expresarse de la que había estado privado durante demasiado tiempo,

Esa noche, tras una conversación demasiado animada, casi una discusión, con su madre, Sophia hizo un sueño tan intenso que al día siguiente le pareció casi real.