Capítulo 1 – La vita di Sophia

Capítulo 1 – La vita di Sophia

Un encuentro casual, en una noche cualquiera

 

La de Sophia es una historia sin tiempo, quizás porqué esa mujer, parecía capaz de cristalizarse en el tiempo sin que este se hiciera con ella. Voy a explicarme un poco mejor. En los años que me he tirado navegando he podido conocer a una cantidad desmesurada de seres humanos y, en los días en los que mi humor me concedía la paciencia suficiente para escucharlos, de cada uno de ellos pude sacar y conservar una historia. Más o menos real.

El mío es un trabajo un tanto especial. Soy un Capitan que sin embargo no posé su propio barco y me gano la vida llevando a cabo encargos muy precisos que me comisionan mis clientes, así que de vez en cuando me toca llevar fantásticos velero de extremo a extremo de Latino America o igual doblar Capo Horn por negocios y comercios ajenos. Básicamente acepto todos los encargos, principalmente por dos motivos: el primero es que inexplicablemente me quedo siempre sin un maldito duro, y el segundo es que, como no poseo ni una casa ni ningún tipo de bien material, pues me veo obligado a moverme entre los mares del Norte y el Océano Índico. Quiera o no.

A lo largo de mi vida he tenido que pasarme semanas enteras en islas del Pacifico antes de que me volvieran a encargar alguna misión. Mientras esperaba no tenía mucho más que hacer que beber cantidades indefinidas de ron y socializar con cualquiera que tuviera ganas de hacerlo, motivo por el cual, con el paso de los años, he ido construyendo relaciones con muchísima gente, aunque fueran efímeras… Durante largos periodos pasados a construir y destruir relaciones más o menos profundas, creo que por fin he individuado lo que siempre me ha dejado perplejo acerca de la naturaleza humana. Muchas veces me ha parecido que los hombres no eran capaces de preservar su propia individualidad y sobretodo que no conseguían escindir su yo de los hechos con los que tenían que lidiar diariamente. Al contrario, parecía que la vida de cada uno fuera acompasada únicamente por el tipo de compromisos y relaciones entretenidos con los demás, hecho que a mis ojos les quitaba toda la naturalidad de sus sueños o proyectos. Era como si cada una de las personas con las que me relacioné estuviera atrapada por sus propios problemas, no pudiendo finalmente resolver sus propios planos y quedando a la merced de su propio delirante día a día… Con que facilidad se pierden los hombres; a veces parece que tengan tantas ganas de hacer que al final no consiguen acabar casi nada. Fue sólo muchos años después de conocer a Sofia que entendí que ella si había conseguido librarse de ese absurdo sinsentido escuchando pacientemente y reflexionando con lucidez cada elección.

La vida de esa mujer me fascinó a tal punto da querer escribirla para que todo el que quisiera pudiera perderse en su mirada profunda y serena, en sentido figurado obviamente. Sus ojos eran si perdidos, pero eran como fluctuantes en un mar inerte, a la merced de un crescendo de notas y deseos que solo ella entendía. De los años en los que la conocí mantengo un calor imperceptible e increíblemente familiar, caracterizado y escandido por un cuento de vivencias y puntos de vista en los que muchos podrían reconocerse. Confundiéndose. Sus ojos, mansos y negros como la brea, poseían una fuerza tan emblemática como elemental e inyectaron en cada músculo de mi cuerpo una energía cautivadora y vital.

Antes que el negro de su mirada, lo que me llamó la atención de ella fueron sus manos temblorosas que se movían frenéticamente, como aprecié tras haberla conocida. Era invierno. Un jueves lluvioso y oscuro de un enero que iba terminado. Ella estaba allí, a mi lado, sentada en un café de estilo francés y sumergida en su aire tan dulcemente espléndido, puede que por su joven edad (creo que entonces no tendría más de 25 o 26 años). Delante de ella una taza de té hirviendo, con el intento de calentar sus huesos congelados por la humedad de la lluvia incesante, Sophia estaba abriendo una carta. Parecía a la vez divertida y curiosa pero su ansiedad la delataba. Observándola desde el exterior transmitía la sensación que hubiera vivido esperando el momento de abrir esa carta descolorida. Yo iba con retraso, pero decidí esperar unos minutos para averiguar si la tinta azul de la carta tenía efectivamente el poder de alterar la serenidad de su rostro. Probablemente, la de esperarme, fue una de las elecciones más sabias de toda mi existencia. Pedí otra cerveza y mientras la tomaba me lancé en su mirada. En ese momento no sabía ni de donde procedía esa mujer, pero estaba seguro de que se estaba esforzando para mantener una mirada dura e indiferente. No paraba de morderse el labio inferior y simultáneamente parecía como si estuviera intentando contener un río a punto de desbordar, cuando de repente levantó la mirada con aire de desafío y, doblando la carta en el sobre hecho pedazos bebió el último trago de su té de jengibre.
Entonces, por fin, se dio cuenta de mi presencia. Me miró inquisidora, desnudándome en seguida de cualquier pudor y certeza.

Fuera diluviaba. Eran años que sobre la costa ibérica no caía tanta lluvia. Una serie de relámpagos alumbraron las grandes ventanas de aquel pequeño café y por un instante mi espalda fue recorrida por un escalofrío. No entendía muy bien si era debido al idea de volver a dormir entre las sabanas congeladas y húmedas de mi barco o al hecho de que esa chica no despegara su mirada de mis ojos grises. Se levantó con aire elegante del taburete de roble en el que estaba sentada, y mientras se acercaba a la barra para pagar lo que había tomado yo buscaba desesperadamente una excusa o una palabra para que se quedara. Nada, no existía ninguna razón para que yo le preguntara nada, ni la más insulsa de las informaciones. Sólo muchos años después habré aprendido de ella, que no hace falta ninguna excusa para que la ruta de uno se cruce con la de otro, y de hecho fue ella la que vino hacia mi.

A apenas un metro de distancia su expresión vagamente contraída se ablandó dejando espacio a una sonrisa amigable y con voz alegre se disculpó por haberme mirado de esa manera, según ella, tan intrusiva. Se justificó, sin algún remordimiento, sosteniendo con certeza haberme visto tiempo atrás, mientras una noche dejaba con mi barco el puerto de Valencia, navegando hacía a saber donde. Hice un rápido calculo. Según lo que me acababa de decir me podría haber visto dos años antes, durante el mes de octubre cuando me quedé en España por un par de semanas antes de empezar una misión en el Atlántico por cuenta de un anciano caballero irlandés, demasiado cansado para afrontar los Alisios.

En aquel momento, me habría gustado saberlo todo de ella. De donde venía, quien era. Quien le había regalado esa mirada. Pero sobretodo me moría por saber que hacía allí sola, en el medio de un puerto en noviembre. Desde luego no tenía pinta de marinero (como mucho hubiera podido hacer de Clarissa Harvil en “Clandestina a Bordo”) pero ahora que la miraba más de cerca podía ver en ella la misma libertad que solía respirar navegando por las noches. Tenía claramente algo relacionado con el mar y el viento pero mi imaginación entonces no era tan fuerte como ahora para imaginar lo que ella me hubiera contado después.

La libertad que instila la navegación es extremadamente difícil de describir a quien no la ha probado y es aún más complicado encontrar hombres o mujeres capaces de difundir ese sentido de ligereza primordial. Ahí va, Sophia tenía toda la pinta de ser una mujer muy ligera, pero no en el sentido que todos entendemos ni mucho menos sino que no había nada en todo su ser que no inspirara ese tipo de tranquilidad que todos anhelamos. Empezó a contarme, sin que se lo pidiera por cierto, el motivo por el que le había quedado grabada mi imagen mientras me alejaba del muelle por un tiempo que se habría revelado excesivamente largo. Tengo que reconocer que su locuacidad me sorprendió y que en ese momento no entendía porqué quería contarme sus vivencias personales. Me hizo falta mucho tiempo para darme cuenta que sus ganas de contar su historia era la forma que ella tenía para madurar consciente de su propio pasado y de sus propias elecciones.
Me confesó que, aquella noche, la misma en la que yo me largué, había pasado horas escuchando el crujir de la madera de los barcos amarrados y el ruido del viento golpeando las jarcias. Lo hacía cada vez que sentía la necesidad de acordarse que tenía a su disposición una entera existencia para poder concretizar lo que idealmente la hacía viva y sobretodo, observando los puertos, la invadía ese calor que solo transmiten los lugares que retienen llegadas, salidas y sueños.

Siendo una persona con una fantasía descomunal, sentada en el embarcadero y viéndome partir, Sophia empezó a fantasear sobre los motivos de mi viaje inventando una historia dulce y bastante inverosímil. Para mí fue muy raro enterarme de haber sido el protagonista de un cuento inventado por una desconocida pero al mismo tiempo me divertía y me halagaba saber que mis acciones habían movido el imaginario de otra persona. De todas formas, sus palabras dejaban entender que en aquel periodo tenía grandes dudas sobre lo que hubiera hecho ella con su vida. Acababa de dejar Valencia, unos años atrás, tras haber decidido de mudarse a Francia, a Paris. Entendí que no fue una elección fácil, la de dejarlo todo después haber nacido y vivido siempre en España; nunca había dejado Valencia salvo por vacaciones de un par de semanas o algún que otro esporádico viaje con los amigos del instituto. Mirándola, parecía muy raro que hubiera pasado toda su juventud en el mismo lugar y rodeada por los mismos amigos fraternos de toda la vida. Con eso no quiero decir que todo el mundo tenga que vivir como yo, sin echar raíces, ¡faltaría más! El caso es que nunca me habían llamado la atención las personas “estáticas” por tanto me resultaba muy difícil imaginarla en el tipo de vida que me estaba describiendo.

Para mi era muy complicado asociarla a la idea de una mujer priva de la curiosidad de observar el mundo, ya que la primera impresión que me dio, viéndola sentada y concentrada en la lectura fue la de una persona audaz y hasta solitaria (una de las que llegan a ponerte incómodo cuando empiezan a contar las aventuras vividas vagando solitarias por las regiones más remotas del planeta). Como entendí mas tarde, mi sexto sentido no había fallado, sólo que ese espíritu de libertad y seguridad que había visto en ella lo había adquirido viviendo y saboreando en los años la dulzura del viento y de los Países Extranjeros, sumergiéndose, fuerte y segura, en culturas y ambientes que nunca pensó que pudieran pertenecerle. Desde luego, era una soñadora.

Durante los años del instituto (momento en el que nos invade la ansiedad de querer hacerlo todo pensando che podemos lograrlo perfectamente) Sofia tuvo la suerte de conocer su futuro mentor y fuente de inspiración, un anciano caballero, ex diseñador, jubilado desde hace años. Debido a su origen californiano (y para disfrutar del calor del invierno valenciano) Ruben había mandado a construir un pequeño chalet en primera linea de playa, en el que vivía y donde seguía disfrutando su desmesurada pasión por la moda. Lo hacía únicamente por si mismo, por el sentido estético que había desarrollado a lo largo de los años y para todos los que pensaba que tuvieran la “genial y rara delicadeza” de transformar simples ideas en arte concreta.

Un día, un viernes por la tarde según lo que recuerdo, agotada por la rutina semanal y por el alboroto de la ciudad, Sophia decidió coger el autobús que la llevaba a respirar cuando puntualmente se quedaba atrapada en la grandeza de los palacios que oscurecían el cielo y le impedían soñar con los ojos abierto y la nariz hacía el cielo. Iba muy a menudo a Chulilla, un pequeño pueblo de la provincia de Valencia, cuya ubicación desfavorable facilitaba el hecho de que hubiera bastante silencio como para que sus pensamientos pudieran fluir libremente. Aquel día, mientras observaba extasiada el entorno que la rodeaba advertí una ligera presión en el hombro y la respiración pesada de alguien. Alejándose bruscamente de sus pensamientos se giró y vio sorprendida que la mano que la había acariciado pertenecía a un señor ya mayor y muy distinguido. Disculpándose por haberla asustada y haberla molestado durante sus reflexiones, Ruben no pudo evitar confesarle que había quedado prendado por algunos particulares que había notado en ella. Le preguntó educadamente la procedencia de algunos detalles de su atuendo extremadamente curado y quedó desconcertado al saber que todo había sido fruto de su joven fantasía y confeccionado por ella misma. Naturalmente la contestación de la joven, en vez de calmar la curiosidad de Ruben la estimuló mayormente tanto que el anciano se vio obligado a confesarle que había sido un diseñador independiente y que había dedicado su vida a crear atuendos únicos a medida, diseñados y creados por él mismo. Más que un trabajo, parecía que la dote artística de ese hombre fuera su razón de vida. Pasaron la tarde juntos en los bares del pueblo hablando como si se conocieran de toda la vida y, llevándola en su coche hacia Valencia, Ruben decidió que quería volver a verla, pero en el interior de uno de sus talleres.

Viendo el énfasis con la que me describía detalladamente los andares y los pensamientos del hombre, me di cuenta de que aquel encuentro no había marcado solamente el comienzo de una amistad bonita y sincera, sino que habría sido también determinante para las elecciones futuras de Sophia. Nunca habría podido darme cuenta por mi solo (porqué realmente no podía) pero ella misma me reveló que había sido una chica bastante insegura y muy atada a una serie de obligaciones que creía que el mundo le quisiera imponer. Era como si hasta cierta edad hubiera seguido un camino que no podía pertenecerle y que no le pertenecía pero sin sentir el peso real de esa obligación de forma consciente. En aquel entonces dejaba que todo le resbalara por encima, y eso valía tanto por las amistades que mantenía como para las pasiones que veía nacer y terminar. Le sudaban las manos por sus ganas de vivir pero seguía adelante como si no fuera consciente de lo que realmente quería. Entendía perfectamente que le faltaba algo pero, en esa época, la rutina de la que hablaba antes, parecía haberla atrapado y era tan raro que parara a escucharse que acababa casi siempre dejando de lado sus impulsos más naturales perdiéndose en la banalidad incesante y estéril de la masa que la rodeaba.
Si hay algo que Ruben supo transmitirle fue la valentía de tomar decisiones. Y de acatar con las consecuencias. Más allá de la creatividad profesional que era su mayor cualidad la ayudó a encontrar en su interior la paciencia y la fuerza de aguantar el peso de las
opiniones contrarias a su voluntad. Desde el primer momento reconoció en el carácter de Sophia una fuerte personalidad; estaba seguro que habría podido sobresalir si ella le hubiese dejado el espacio necesario. No había un músculo de esa mujer que no inspirara vitalidad, frescura, energía y al mismo tiempo el miedo de mostrarse por la que realmente era. Condicionada por los esquemas que le venían pequeños, según Rubén, Sofia había forjado en los años una máscara debajo de la cual había escondido su mundo maravilloso y creativo, que intentaba no dejar salir. Era un universo en el que se escondía, convencida que no podía dejar salir sus pequeñas locuras y sus enormes sueños, y lo hacía en silencio, cultivando las pasiones que tenía y enseñando raramente aquel entusiasmo que había cautivado Ruben.
Como decía, Ruben se dio cuenta en seguida de su capacidad escondida de sintetizar las peculiaridades caracteriales de las personas en arte concreta; aunque tenía un sentido desmesurado para la belleza objetiva, gracias a su extrema sensibilidad había encontrado la manera de transformar en belleza vital la más extraña subjetividad de cada uno. Un día Ruben la vio caminar sola por la ciudad con una cámara colgando del cuello, un objeto claramente muy viejo, que ella cuidaba como si fuera la última coca cola del desierto. Descubrí más tarde que había sido un regalo de su abuela, una viajera empedernida que había hecho de la fotografía la excusa perfecta para sus peregrinaciones y que, además del objeto, le había dejado en herencia a la nieta la capacidad de capturar pequeños fragmentos de alma de personas de las que no sabía nada.

Era su instrumento para desnudar y revestir a través de un filtro artificial todo el que entrara en su campo visual y fue, tras recibir aquel regalo que Sofia empezó a abrir, poco a poco, la puerta del mundo de la moda. Al menos, por como ella lo entendía.